Las calles de mi ciudad - Marichoni
Al pisar mi calle algo de
mí se queda en
ella.
La calle, esa urbanización que obliga a
poner alfombras de cemento para que tantos y tantos transeúntes que me rodean,
pasen por ella sin grandes tropiezos.
Acepto que las calles han modificado el
paisaje que antes era de naturaleza, construimos viviendas, la llenamos de
cables, de edificios, porque difícilmente hubiéramos podido vivir de otra
manera.
Y a pesar de todo, la ciudad es mi terruño
y, caminar por sus calles, por éstas que conozco, hacen que surjan recuerdos,
desde mi infancia, hasta este momento presente.
Tan importantes han sido las calles que me
dieron vivencias inolvidables que, después de treinta y cuatro años de haberme
elevado hasta donde sólo Las Águilas se atreven, regresé en busca de estas
calles conocidas y elegí vivir precisamente a dos cuadras de Huatusco, esa
calle en la que la casa de mis abuelos y la mía se miraban de frente,
descubriendo nuestros secretos…
No pude abandonar el rumbo, lo elegí porque
era el trazado del lugar que recorrí con mis hermanos y me llevaba a la puerta
del que fue el primer colegio en el que trabajé y soñé en un futuro que, ahora
es pasado y que lo recuperé para que fuera presente.
La
calle en la que ahora vivo era parte del cuadrante de la última casa de mis
padres, casa que se conservó para nosotros por más de cincuenta años.
Sí, tal vez la calle sustituyó a la tierra,
al campo… pero, hace cerca de setenta años que éste vio salir a sus habitantes
en busca del sueño que le brindaba la ciudad, una quimera que los hizo salir de
su lugar y venir a recorrer el tapizado de cemento, de concreto, donde, en vez
de árboles hay edificios y… convertir el lugar hasta en un basurero colectivo,
perdiendo parte de su encanto. Esa es una realidad.
Sin embargo, quiero agradecer a la vida
poder seguir recorriendo las calles de mi infancia y de mi juventud y encontrar
que entre ellas, está mi hogar actual.












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