Un domingo en Tehuacán - Alicia Ayala
Soy de la
ciudad de México, mi esposo nació en Tehuacán, en el estado de Puebla, gran parte
de su familia reside allá, la visitamos y pasamos el fin de semana con ellos,
una o dos veces al mes.
En domingo, las actividades de familia
inician con un clásico desayuno; unas suculentas chalupitas verdes y rojas, con
huevo estrellado al lado, sin faltar una pequeña cazuela de barro, con frijoles
negros cocidos, con un rico olor a epazote y sobre ellos un copete de cuadritos de queso de aro. Todo esto, hecho por doña Meche, mi suegra,
que se levanta mas temprano que de costumbre, para tener todo listo a las
nueve. Cuando vivía mi suegro la
consigna era: estar todos presentes tengan apetito o no.
Un par de
horas después para ayudar a la digestión, nos encaminamos a la catedral, a misa
de 12, ahí había mas flexibilidad para no asistir a esa hora, pero no hacerlo
implicaba sanciones, que mi suegro se encargaba de cumplir.
Dentro de la iglesia, llama mi atención que
los asistentes, están más pendientes en las personas que entran y salen, que en
la misma celebración. Entendí que tener mas información de los conocidos, era tema
de conversación en reuniones de amigas.
Al terminar, la santa misa, como dice mi
suegra, la mayoría nos dirigimos al Parque Juárez, frente a la catedral, solo
cruzando la calle.
Mientras tanto, arriba en el kiosco, toca la
banda de marina, música folklórica mexicana. El ambiente asemejaba una verbena;
el señor de los globos, desaparecido entre ellos, pero rodeados de niños, las
bancas ocupadas con personas leyendo el periódico y algunos a la vez boleando su calzado, el carrito de
los chicharrones, que al pasar junto a él, su olor hace que te detengas a
comprarlo.
Con la música de fondo las familias disfrutan
caminando, algunas en rededor del kiosco y otras en la parte externa del
parque, un gran cuadrado con árboles frondosos, que a esa hora, todo mundo los
busca por la frescura de la sombra que ofrecen.
Los paseantes gozan encontrarse con conocidos,
su gesto de saludo es, inclinar la cabeza hacia delante y levantar su mano a la
altura de su cabeza y sonreír. ¿pero quien no se conoce en un lugar pequeño? al
observarlos me divierto, por los constantes saludos en cada vuelta, después del
décimo saludo sus movimientos parecen robotizados, más bien parecido a lo hacen
algunos políticos.
Hace 20 años
era interesante, saber que pasear por el parque había que respetar ciertas
reglas establecidas y aceptadas por habitantes de este lugar. La circulación
estaba dividida, de un lado lo transitaba la clase privilegiada y por el otro
la clase menos favorecida. Actualmente esto no sucede, afortunadamente para las
nuevas generaciones, ya son historias que les cuentan sus padres y abuelos.
Cuando la hora de la comida se acerca, sin
ver el reloj, el parque se va quedando solo, unos a comer a casa y otros a
disfrutar la comida del restaurant, clásico del parque “La lonja”, ubicado en
el área de los arcos que enmarcan el zócalo. Lugar donde nos quedamos a
disfrutar un rico mole poblano, con tortillas salidas del comal.
El postre no queda pendiente, de regreso a
casa, es obligado pasar a los helados de “Don Sebas”. Otra parte de la familia,
prefiere el típico dulce tehuacanero, los famosos muéganos, irresistibles, que
nada tienen que ver con los que conocemos con ese nombre en la ciudad de México.
Así es como
pasamos un domingo en la tierra de los manantiales del agua mineral, Tehuacán.














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