A la otra cigarra - Esther Solano

 


Mi mejor amiga cumplirá años esta semana. Nos conocimos en la Universidad. Ella tuvo que viajar miles de kilómetros para conocerme, dejar su patria. Llegó a la Ciudad de México con su vertiginoso acento porteño y una chamarra de cuero negro. Vino para ser mi amiga y que yo tuviera un apoyo irremplazable en las horas más oscuras de mi vida.

No se mudó sola, con tal de ser mi amiga, hizo que sus padres y su hermano también dejaran sus trabajos y su escuela. En México tuvieron que adaptarse, aprender, emprender, enfrentar retos, hacer nuevos amigos.

Para ser mi amiga ¡hasta estudió Ingeniería Química! Cuando lo suyo era la Medicina y las artes de la sanación. Se zampó sendas clases de Termodinámica y Fenómenos de Transporte. Tomó clase de Control de Procesos para que yo tuviera dónde dormir los jueves por la noche de aquel semestre de otoño, mi último semestre. Y hasta se inscribió al Laboratorio de Ingeniería Ambiental de los miércoles en la tarde, a fin de que yo no debiera hacer las prácticas sola.

 Gracias a ella, pude probar por primera vez el dulce de leche (perdón Sebi), descubrí la maravilla de los sándwiches mulatos, conocí a la Viuda de Romero y tuve con quien compartir las papas que compraba en la tienda del sindicato.

Todo eso y mucho más, para que aprendiera que cercanía y distancia no son antónimos.

¡Feliz Cumpleaños Bárbara!


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Ilustración: Brunna Mancuso

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