RECUERDOS DEL MAR - Lola G. Casanova


¿De qué mar hablamos? ¿De ese que vi por  primera vez, descubriendo de pronto frente a mí el inmenso espacio azul oscuro – y,  al mismo tiempo, aquel sentimiento de libertad que se podía tener solo ahí, con la mirada puesta en el horizonte, constatando que existía esa línea que lo distinguía sutilmente del cielo?  Ese  mismo mar del que mamá nos hablaba, añorándolo siempre. El que descubrí ahí, sentada sobre la arena tibia y rasposa de aquel enero de 1960 en Santa María del Mar y que, al evocarlo ahora  recuerdo lo que muchos años después ella me confesara: vivir en la ciudad de México le causaba una extraña angustia, una sensación de encierro, de ahorcamiento;  mi madre necesitaba estar cerca del mar para sentir que respiraba con naturalidad.

 

¿O de aquel otro mar que te amenazaba y te provocaba esa sensación confusa --mezcla de temor, miedo, casi pánico a ratos y, al mismo tiempo, de inmensa alegría—, sentimientos ya imposibles de recordar tal cual fueron, con la energía que generaban entonces en la piel, en todo el cuerpo, separando los actos de la razón de los del corazón? Puras sensaciones físicas, ya olvidadas quizá para siempre, efecto de la combinación de sal y adrenalina, sustancia que resultaba tan placentera en ese entonces.  Hiciste de pies y manos garras aferradas a una roca inmensa mientras resonaba distante, pero intensamente, la voz  de tu padre en Pie de la Cuesta, una voz nueva nunca antes escuchada, que pronunciaba  tu nombre a gritos. Gritos que expresaban disgusto pero también temor. Más atenta que a la llamada de atención que te hacía sentir descubierta y avergonzada por ello, estabas concentrada en salir de ahí, salvar tu vida, pues recibías, como latigazos en la espalda, una ola tras otra, a cual más fiera y a veces aún peor, la ola cubría todo tu cuerpo y te jalaba con fuerza. Tu hermano mayor y tus primos estaban muy cerca, en igualdad de circunstancias. Cada uno consigo mismo, con su propio cuerpo aferrado a las rocas y luchando con su propio miedo que les daba la fuerza y el valor suficientes para disfrutar el instante, a pesar de tener la certeza --al oír al padre unos,al tío los otros, llamar desde arriba-- de que después seguiría un castigo…Y cuando ibas  ya de regreso hacia la casa que había rentado tu tío para pasar el Año Nuevo (sería la primera vez que lo esperarías despierta), caminando por un sendero, de la mano de tu padre, disgustado, pero aliviado también, ya solo pensabas en desayunar. Habían llegado una noche antes, después de un largo camino en coche, pues una descompostura los retrasó y les hizo quedarse horas en Chilpancingo mientras  arreglaban el viejo Peugeot azul en un taller mecánico. Antes,  una “patrulla  de caminos” los había detenido por exceso de velocidad. Tu padre con tono severo reclamaba a tu madre: “¿Ya ves? Te lo dije”,   mientras ella mostraba su licencia de manejar sonriendo amablemente a los agentes, que parecían divertidos al constatar que era mujer la que aceleraba. El trayecto se hizo muy largo y cansado, quizás ellos nunca habían estado convencidos del todo de aceptar la invitación y hacer ese viaje. Tan solo un mes antes había muerto tu abuela, tan querida.  Su hijo mayor quiso por eso pasar  las fiestas de fin de año en otra parte y ustedes los alcanzarían ahí en la playa. Al fin llegaron a la medianoche. Nadie abría la puerta. Hasta que tu padre lanzó un chiflido especial, que tú desconocías, y entonces apareció  su hermano, medio dormido, farfullando reclamos. Apenas les indicó donde dormirían. Y hoy empezaban esas vacaciones que resultaron maravillosas para ustedes, los primos y los hermanos, y un tormento para tu madre, que juró nunca volver a Acapulco. Y lo cumplió.

 

¿O será de ese otro mar, de aquel frente al cual ella tuvo una pelea feroz con un amigo, un compañero, un novio, un hombre cercano entonces ? Eran los años en que todo mundo se desnudaba a la menor provocación, en una fiesta, en un parque, en frente de su trabajo, por los campos verdes de Ciudad universitaria, en cualquier parte.   Supo después que algunos salían a correr desnudos, atravesando la glorieta Río de Janeiro, antes de que pusieran la estatua del David…Ella le había advertido  por eso,  desde su llegada a la playa, que no le hacía ninguna gracia que todos se metieran desnudos al mar. Que le parecía ridículo y absurdo. Ella desde luego no lo haría. Pero él no le hizo ningún caso. Aprovechó para meterse al mar con los demás al ver que se había quedado dormida profundamente, arrullada con el vaivén de las olas.   Al despertar, con el cabello enmarañado lleno de arena, sedienta y acalorada, enfureció de inmediato. Furia quizá de sentirse traicionada, o  de que no se obedeciera su capricho como si se tratara de una ley escrita. ¿De celos, simplemente? Rabia. Locura. Así  lo enfrentó. Pero cuando le reclamaba su osadía, qué desacato, le ofendió todavía más  darse cuenta de que su reclamo le divertía, se reía de ella y que, peor aún, parecía  que verla así le excitaba. Se echó a correr, llorando desconsolada. Con los pies descalzos sobre la arena caliente. Junto al mar. No supo cómo ni cuándo  la alcanzaba.Ni por qué la abrazaba. Con qué derecho. Acalorada y exhausta se dejó besar. Se sometió entre unos arbustos, al lado del mar, sobre la arena que reflejaba en movimiento  los rayos  solares, le pareció un espejismo. Calmados ya los ánimos, sintiendo el sol del mediodía quemándole la espalda desnuda, desconcertada, alcanzó a ver a un viejo campesino que caminaba mojando sus huaraches a la orilla del mar. Piel recia, morena, pelo cano. Sombrero de paja. El hombre hizo como que no los veía. Ella sintió un rubor aún más intenso en la cara que ya ardía. Desconcertada. Avergonzada. Pero tranquila, al fin.

 

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