LAS SIETE YA VAN A DAR - Rosa Nissán

           Para Tere, para Dolores, para Frida, para Vicky, para todas las mamás..

 

Las mujeres emergen del cuarto de los niños, brillan un rato, van a fiestas, a bailes, conocen  a un hombre, se casan con él. Y vuelven a desaparecer en el cuarto de los niños.

         FERRENCE HERGEG.

¡Las siete ya van a dar, el niño va a merendar!

           

            El camino adoquinado que bordea el río Tuxpan es recorrido por pequeñas familias, matrimonios jóvenes con dos o tres niños y una mujer mayor. ¿Será la madre de él? ¿de ella?  ¿Y el suegro?. Ha de  tener cosas más importantes que hacer pienso mirando a Martín, que también tiene hijas casadas que llevan a su mamá a donde ellas van. Se me enchina el cuero al pensar que en lugar de estar recostada en tu pecho, lejos de todos y cerca sólo de ti, esta vida nueva la tuviera que recorrer cuidando niños todavía. Sintiéndome mujer a mis cuarenta y cinco años, miro tus ojos.

            En algún momento de este atardecer, Martín comenta: "Nos miran, siempre nos miran, no están acostumbrados a ver a un hombre de mi edad caminar enamorado."

              - Pedrito, vas a machucar al señor - dice la abuela.

            - ¿Dónde estarán sus hombres? - le pregunto a Martín.

            - En el café, en el dominó... o simplemente en la casa. El papel de los hombres no es el de cuidar nietos.

             - Elenita, la secre del dentista, lleva seis años en el consultorio gracias a que su mamá se ocupa de sus hijos. La mamá de Lolita la del salon, cuida del hogar para que la hija trabaje. La hija de Emilia Trueba, que se llenó de diplomas y doctorados en el extranjero, comentó triste en una cena. "¿Tantos estudios para encerrarme a cuidar a un niño? Emilia Trueba se creyó obligada a ofrecerle a su hija: "Regresa a tu trabajo, yo te lo cuido mijita." La santa hija ya lleva dos años de ponerse muy bonita y a las 8 a. m.  deja al niño con mamá para recogerlo hasta la noche. Emilia dejó sus actividades personales por cuidar a su nietito.  "Pobrecita de mi hija, tiene que trabajar."

             Nos sentamos a esperar la caída del atardecer, me acurruco en el pecho de Martín.

 

 

            Qué lata ser la mayor, ya me decía yo desde niña. Y mi padre, lleva a tu hermano al parque, y mi hermano, no quiero ir, y yo, pues no vamos, y mi madre ¡cómo que se cayó! pónle una curita en esa rodilla,  y yo, ¿por qué me culpan de todo? quiero jugar en la calle, y otra vez mi madre: Vas, si te los llevas.

            Con los de la clase jugamos toda la primaria, hasta segundo de secundaria. Fuimos novios, cambiamos  de parejas, pero a partir de los quince, a las niñas ya no nos dejaron andar con esos escuincles. Una red nos dividía. Ya no eramos como ellos. Los cortamos de tajo. Nuestra biología nos había cambiado visiblemente el cuerpo. No nuestra mente. Pepe, Fernando, Elías, seguían iguales, sólo la voz delataba su crecimiento. El cuerpo se nos había acinturado, los pechos nos hacían mujeres. Podían embarazarnos. Había que casarse antes de que alguna manchara el nombre de su  familia. El cuerpo nos llevaba por caminos distintos.

            Llegó el momento en que todas nosotras, las bonitas y las no tanto, tuvimos que vestirnos de señoritas y asistir a los bailes para lograr que un hombre listo para casarse se fijara en nosotras, el cuerpo se nos había acinturado, los pechos nos hacían mujeres. Era la diferencia entre ser niña y mujer, entre jugar con los niños de la escuela y jugarse el destino en la elección de un marido. De pronto me vi en las fiestas, sentada en la mesa de las señorita casaderas. Las mamás y los papás jugaban a aparentar tranquilidad cuando veían que sacaban a fulanita y a sutanita, pero a su hija no. Entonces mandaban a mi tía a decirnos: "No bailan porque estan muy serias,  lúzcanse, no sonríen, así quién las va a sacar, mira qué suelta esta la hija de..."  La musica tocaba, los que bailaban se divertían, y las que no, exibíamos nuestra impopularidad. Y los mejores partidos se íban sobre las hijas de los más acaudalados.

             Los muchachos, eran también presionados para invitar aunque se murieran del susto a la que sus padres elegían. "Sácala a bailar tonto, su papá te va a meter al negocio, nos va a sacar de pobres a todos. Temblorosa forzaba mi sonrisa angustiada. No tenía la más remota idea de qué hacer para que alguno de los grandes me sacara a bailar sin que pareciera una coqueta, para casarse, ellos no querían una así.

 Nunca fui fea, tarde o temprano alguien llegaría a rescatar mi soledad tan observada, pero si bailaba más de tres piezas con él, lo sabía, vendría mi dueña a regañarme. Pero los grandes quien sabe por qué no se fijaban en una chica tan linda. Pero ahí contaban otros asuntos.

 

            A los diecisiete años huí al matrimonio. Como tantas mujeres no encontré otra manera de escapar de la casa paterna, lo que no sabía es que tenía tan arraigada la idea de que una vez casada mi obligación era ser mamá, que sin mas remedio me embaracé. No sabía que un niño sería  ancla para toda la vida.

           

Las sieto ya van a dar, el niño va a merendar...

 

            Con los olores mágicos del bebé olvidé lo que alguna vez supuse quería hacer con mi vida, los críos emanan perfumes que al aspirarlos hacen olvidar todo lo que no sean ellos; sólo se recuerda  su vitamina, su leche, su huevo, su platanito. Sin darme cuenta me olvidé hasta de ser mujer. Vinieron más bebes, y seguí embriagándome con sus olores. La cabeza la tenía ocupada en rezar para que el nene no se ahogara, no se quemara con la estufa, no se tirara por la ventana. En mi mundo de niños no había clases, cines, teatros, aventuras ¿exposiciones y conferencias? Qué tiempo iba a tener para mí, si tan sólo para llevarlos al parque tenía que correr, dejar preparada la comida de todos, para que al volver estuvieran sus cosas listas, si no, la hambre desesperada del bebé lo convertía en un ser frenético.

            Cuando tuve a la tercera y cuarta hijas, todos me auguraban. "Dale gracias a Dios, nunca vas a estar sola".  Sí, había que hacer una familia para la vejez.

            Criar a mis cuatro hijas y al hijo era mi destino. Sólo canciones infantiles, botellas, cobijas, suéteres, mochilas, tareas, su ropa, uniformes. Noches. Cuidar a los niños a tiempo completo.

            Un día me di cuenta que mis hijas mayores se habían hecho grandes. Me asusté. Quise detener la infancia de los que todavía eran niños.

             ¿Qué haría cuando mis hijos hicieran sus propias familias? ¿odiar acaso a mis nueras como mi suegra, que sólo fué capaz de querer a sus hijos en su larga vida?.

 

            De pronto un sacudimiento-terremoto familiar me sacó de mi aletargado amor de cunas:  Mi marido deseaba volver a nacer en otro amor, y ya lo había encontrado. Los hijos, ofuscados  y asustados, me dejaron buscando la seguridad que les daba el dinero de su padre.

            Sin ellos, tuve que revisar toda mi vida.

            Reconocí que para no caer en tentaciones me había refugiado en el mundo de los niños, con el freno puesto. Con mis hijos iba al zoológico, al parque, al cine, si hubiera ido sola pudiera haber mirado otros ojos daría pie a habladurías. Sin embargo a veces, ciertas ensoñaciones, ciertos apetitos me inquietaron,  y asustaron.

 

Las siete ya van a dar, el niño va a merendar porque el pequeño es un gritón que siempre sale con esta canción...

 

            Cuando los hijos volvieron, nada fue igual, ya mi cuerpo había saciado sus deseos, mi vida se había ampliado. Había aprendido el placer de  viajar, de divertirme también sin ellos. Había hecho mía esa libertad tan postergada.  Estaba naciendo una mujer.

            Y aunque se enojaron y exigieron, no volví a ser solo de ellos. Ya era mía. Ya era yo misma

             Cuando se casó la primera hija, mi joven yerno, quiso obligarme a ser  la clásica suegra que está al servicio de todos y trataba de consumir así, el escaso tiempo que quería ocupar en otros afanes. No le bastó con someter a su mujer, y quiso  arrastrar  a la suegra.

             - Es el colmo madre, las mamás de mis amigas, reúnen a sus hijos, los invitan a comer todos los domingos, mientras tú, hasta en día de madres te fuiste de fin de semana -  acusa Vicky - además Pepito tuvo cuatro días calentura y ni te enteraste. Eres una egoísta.

             Y las demás hijas han ido teniendo críos y quieren que sea tan buena abuela como madre, que me engolosine viéndolos crecer. Cuando viene de visita la que vive en Veracruz, se instala en mi casa y eso está bien, pero no lo es, si espera que, en medio de mi trabajo, que es en la casa, como si no lo supieran, le entretenga al niño mientras prepara el biberón y en lo que se baña, y en lo que corre como loca, pobrecita, deveras que duro es el papel de mamá, y el chiquito se machucó y mi niña ha llorado con él toda la tarde, y me duele, pero si les doy todo ese tiempo, ya no leeré el libro para la clase del martes, ni terminaré el trabajo para la revista, ya no me dará tiempo para...  qué difícil sacar ese egoísmo que se necesita para defender la vida.

            Y recuerdo todos esos años provocando sus sonrisas, esperando, que se duerman, que despierten, que caminen, que vayan a la escuela, que aprendan a escribir, a atravesar la calle. Vi a mis hijos y ya no me vi yo, sus ojitos me jalaban, me sacaron de mí, ¡y es que eran tan bellos, sus manotazos de alegría!, sus trompetillas, su nuevo dientecito. Dicen que los amores son peligrosos: El de los niños fue mi perdición.

            Temo entregarme a las seducciones de mis nietos. No me dejo tentar por ese canto de luciérnagas y rosas.

            Las nuevas madres me quieren arrastrar con ellas. Y ante tal amenaza, me rehúso a ser la abuela que esperan para sus hijos. 

 

            Mis raíces se han multiplicado. Ya no tengo cinco hijos, son diez, son trece, serán quince.   

            - Ser abuela es lo ideal, los nietos vienen, los disfrutas y se van - asegura Martín sentándome en una de las bancas que miran al río.

            - Pero  Martín, apenas tengo tiempo para alzar el tiradero del nieto que se fue, cuando ya llegó el de diez años, y deshizo la casa y la abuela no puede regañar, porque la educación ya cambió, ahora hay que tratar a los niños con pinzas, y ya regresó otra hija de su viaje, y va a dar a luz la grande, y la pequeña está de nuevo de encargo, ya se enfermó Armandito, y a Sandra se le fue la muchacha, y  Vicky se va a cambiar de departamento, habrá que ayudarla también en la casa nueva, no puede arriesgarse a perder su empleo ahora que se separó del marido, y ¿quién recibe a la niña cuando llegue de la escuela? y cómo eres mami.  ¿Te das cuenta Martín?.

            Quiero descansar de la felicidad familiar, descansar de las gracias de los niños, disfrutar el amor, hablar con adultos, saber de ellos, de sus miedos, sus angustias. Quiero vivir la vida con adultos. Qué importa si no me ponen de ejemplo como madre, ni como abuela. De todos modos no se aprecia, es simplemente obligación.

 

            Y yo, pues no voy a comer con ustedes, me  van a quitar esta exposición también, Sandrita con ojos de odio, tú tienes tus horarios de trabajo, la familia es primero, y yo, no, no puedo,  y llega el Machín, el único varón, que cree que basta con que él de la orden, para que se cumpla, ¡tú tienes que ser buena madre y abuela! y yo  ¿por qué a tu padre no le exigen?  él se fue cuatro meses a ver cómo era vivir en Argentina y no pasó nada. Tan sólo me fui quince días y ustedes casi se cortan las venas. Y el Machín: ¡para eso eres madre!  ¡lo serás hasta el último día de tu vida! Él tiene su mujer. Y Vicky desde su lugar, él es hombre, y el Machín, ¡sí, esos trabajos no son de hombres! y Vicky lanzando llamaradas por los ojos, todavía no te perdono, cuando me cambié, sólo me ayudaste el día de la mudanza, y yo ¿por qué no te enojaste también con tu papá que no estuvo ni el ratito que estuve yo?. Y la hija, a ti tú mamá te ayudaba mucho, y yo, pero se creía con el derecho de disponer de nuestra vida. ¿Se acuerdan aquella vez que podó las plantas que colgaban de la sala? las cortó porque según ella estaban muy largas, y yo que día a día vigilaba su crecimiento, además ella tenía quien la mantuviera, el precio por su tiempo fue obedecerla sin tregua. Quiero terminar mi otra novela y si no es una cosa es otra,  y no avanzo. ¡Carajo, entiéndanme!

 

Las siete ya van a dar, el niño va a merendar...

 

            - Ya está oscureciendo, ¿viste esa parejita de mariposas que pasaron jugueteando? allá van... el cielo se transformó, como tú cuando dejaste el mundo de los niños - dice Martín besándome la cara. Lo que no acabo de entender es por qué te cuesta tanto salir un par de días de tu casa.

            Abrazo a Martín que no acaba de entendernos, pero no lo quisiera dejar ir nunca.

 

            ¡Ay Dios mío! ¿cómo ser madre-abuela, conservar la sagrada familia, sin volver a morir?

 

Sub. Cuento  Las siete ya van a dar   12 sep 97    Paulin

Comentarios

  1. Hermoso y duro relato, como lo es la maternidad. El precio que pagamos es dejar de ser mujeres para ser solamente madres (y algún día abuelas). Gracias Rosita.

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