ALCIANA, EL HADA DE LOS BOSQUES: JOSE LUIS - Fabiola Sánchez Palacios


 

José Luis bajó del camión echó a correr hacia el edificio donde debía checar tarjeta a las ocho treinta en punto. Iba apresurado y sudoroso, ya sabía que un tercer retardo y le descontarían un día de sueldo. 

Una anciana se le acercó para decir:

— ¿Podría ayudarme…?

— ¿Que no ve que tengo prisa? — respondió casi gritando.

Inexplicablemente José Luis cayó de bruces sobre la banqueta y cuando pudo levantarse se sintió tan avergonzado que no quiso ni voltear a ver a la mujer.

Llegó, sucio, raspado y de muy mal humor, implacablemente el coordinador administrativo le descontaría un día de sueldo.

Al entrar a la oficina de su jefe. Antes de prender la computadora, poner el clima y revisar que todo estuviera en orden, se le antojó leer El aviso oportuno de El Universal.  Justo abrió la página en que se anunciaba el Lincoln Negro.

 

¡Hijos de su chingada madre! Ha de ser una de esas bromas pendejas de la televisión, seguro que vas de babosote y la cámara te esta grabando, y los televidentes burlándose de ti, y el camarógrafo cagado de la risa. ¡Bola de ojetes! y la gente pendeja que cae en estas bromas. Para los que como yo ganamos $4,500 pesos a la quincena en una oficina de gobierno, atendiendo una ventanilla desde hace más de quince años, es de poca madre esta burla. Aunque sería fabuloso que verdaderamente ese auto costara $50.00 y yo pudiera tenerlo, ya no digamos mi jefe, sino el Oficial Mayor, el Doctor Escobedo, se iba a morir de envidia. Pensó José Luis.

 

Ni su jefe ni el Oficial Mayor tenían amigos, sino ecos, ecos que repetían hasta el hartazgo cada palabra suya.     

 

Es mejor que no tenga ese auto, aunque costara ese precio, podría acarrearme malas voluntades, quizás me correría de mi trabajo, perdería mi antigüedad, mi jubilación, mi fondo de ahorro para el retiro, y no sé hacer nada más que poner sellitos y llenar formatos. Toda mi vida no he hecho otra cosa que esto. La neta, me moriría de hambre. No, mejor no, ni pensarlo, ¡qué bueno que es una broma pendeja! 

 

Carmen llegó a las tres de la tarde al número 13 de Bosque de los Saúcos, tocó el timbre y le contestaron por interfón:

—Diga.

—Quiero ver el auto que anunciaron en el Aviso Oportuno, no hice cita porque no tiene ningún teléfono.

—Un momento por favor.

Carmen pudo observar la cámara con que la monitoreaban, cuando abrieron la puerta la sorprendió el lujo de aquella residencia, al fondo del jardín lucía flamante aquel Lincoln Negro.

—Ahorita viene la señora— le indicó una sirvienta.

—Buenos días—dijo una mujer muy guapa vestida de negro.

—Buenos días, señora, quisiera ver el auto que vende— respondió Carmen como si llevara en su cartera, miles de dólares, aunque solamente llevaba $50.00 pesos.

—Tome las llaves y pruébelo, me parece que está en óptimas condiciones.

 

Carmen abrió la portezuela y se sentó frente al volante, bajó y revisó con detalle el motor, abrió la cajuela, checo las llantas, los limpiadores y el kilometraje, estaba en perfectas condiciones, no tenía ningún defecto y pensó: Por subirme en hubiera pagado los $50.00

La señora vestida de negro la observaba muy de cerca, esperando.

Después, le solicitó a la señora la documentación, ella mandó traer el sobre que contenía los documentos con la sirvienta. Carmen pudo revisar que el número de serie coincidiera tanto en la factura, como en la tarjeta de circulación y el motor. También pudo comprobar que el pago de la tenencia ya estaba hecho, a ella le preocupaba pensar lo que un vehículo como ese pagaría de tenencia.

 

— ¡Lo compro! — dijo Carmen al tiempo que sacaba el billete de su cartera y un pequeño recibo de compraventa para que lo firmara la señora. Extendió el billete y el recibo, la señora firmó.

 

Una vez que Carmen tuvo en la mano todos los documentos y el recibo firmado por aquella mujer preguntó:

 

— ¿Porqué regaló su coche señora?

 

—Vera usted, se lo voy a platicar porque no he tenido con quién hablarlo, ni siquiera mis hijos saben la verdad. Mi marido murió de un paro cardiaco en este auto. Arturo, su chofer me lo contó todo. Lo estrenó usándolo de hotel para tener sexo con una de sus prostitutas. El día que murió, Arturo lo encontró dentro del asiento trasero, muerto de un paro cardiaco.  A Arturo se lo llevaron detenido para hacer la investigación, el resultado de la autopsia arrojó que ese día había tomado viagra y eso le había subido la presión hasta provocarle un infarto. Lo bueno para Arturo fue que además de lo arrojado por la autopsia, encontraron restos de labial rojo en el pene. Se murió del esfuerzo. Ya se imaginará, aquello fue un escándalo que mucho dinero me costó parar, la prostituta, una tal Marcelina se dio a la fuga, pero ella no tuvo la culpa de la muerte de Salvador. Como si todo eso no fuera suficiente, el día que el notario leyó el testamento había una cláusula que decía que lo que resultara de la venta de su auto personal, sería para Marcelina. Lo que no estipuló fue en cuanto dinero debía venderlo, por eso fije el precio en cincuenta pesos. Lo raro es que desde hace tres días publiqué el anuncio en todos los periódicos y usted fue la única que vino a verlo.




Del libro: Cuentos de hadas para burócratas aburridos

 


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