ALCIANA, EL HADA DE LOS BOSQUES: SALVADOR - Fabiola Sánchez Palacios

“Los problemas del inconsciente

 pueden manifestarse como destino”

 

Carl Jung

 


 

El doctor Salvador Escobedo ordenó a su chofer tomar la carretera de cuota para llegar lo antes posible a la ciudad de México. Le urgía ver a Marcelina. El chofer le advirtió: —Doctor yo con mucho gusto le doy velocidad al auto, pero ya ve usted que se cerró la lluvia, casi no pudo ver.

 

—A mí me cumples, cabrón, para eso te pago.

Me paga el gobierno federal, pinche viejo tacaño, ya parece que si fuera de su bolsa gastaría un centavo. Pensó Arturo, el gobierno pagando gasolina y todo para que éste vaya a ver a sus putas.  

 

A lo lejos el chofer vio a una viejita que traía una enorme carga de leña en la espalda, hacía señas para pedir que la llevaran. 

— ¿Ya vio a esa viejita Doctor?

—Apúrate cabrón.

 

Marcelina sintió como se disolvía la pastilla de menta en su boca, sabía que era una monserga, pero si quería entusiasmar a su cliente, este era el modo. El mentol de aquel caramelo para refrescar el aliento hacía maravillas cuando tenía que lograr la proeza de que al doctor Escobedo se le parara el pito. Diez años de diabetes mal cuidada, una obesidad concentrada en su enorme panza que escondía un miembro tan pequeño, además de una hipertensión   que no bajaba de 160/100 hacían que Marcelina verdaderamente desquitara lo que su cliente pagaba.

 

Si pudiera, le levantaba la panza y le buscaba el pitillo con mis pinzas de depilar, cuando esta flácido es lo más parecido a un rabo de puerco.  Ni modo, ahora ya es casi imposible que se lo levante a mano o pasándolo entre mis tetas y luego una vez que lo he levantado necesito hacer la faena lo más rápido posible o se le baja en dos minutos. Cada que nos vemos tengo que hacerle “el imposible”. En ese momento sonó el timbre.

El chofer abrió la puerta trasera del auto y Marcelina se sentó junto al doctor Sandoval.

— ¿Qué tal, doctor?

—Hola hermosa, ¿Cómo estás?

—Lista para ti, como siempre.

—Hoy vengo con ganas de todo.

—Yo a tus órdenes, doc.

—Arturo, llévanos hasta dónde están los Eucaliptos. Ya sabes.

—Si Doctor.

El chofer estacionó el auto en una de las secciones más solitarias de los Dinamos, aquella donde casi no se veía a nadie más que a uno que otro corredor solitario en las mañanas. Por las tardes, la zona se quedaba vacía. Lo único que le molestaba al chofer era que, los dejaba y tenía que buscar donde esperar a que terminaran, porque el viejo avaro del doctor le dolía gastar en un hotel, pues, según Escobedo, ya bastante caro le salía pagar a Marcelina. Entonces con el pretexto de que se excitaba más, cogían en el asiento trasero del vehículo. Lo malo para Arturo era que debía encontrar algún sitio donde esperar a que el Doctor lo llamara a su celular y llevar a Marcelina de regreso a su casa, después dejar al Doctor a su departamento y encerrar el auto. Arturo vivía en Ecatepec y tenía que trasladarse en metro y camión. En algunas ocasiones tenía que quedarse a dormir en alguna terminal de autobuses porque no le daba tiempo de llegar a casa y regresar a las ocho de la mañana por el Doctor.

 

Al muy ojete, le vale madre dejarme salir tan tarde. Como él no tiene que gastar en taxi, lo que más me encabrona no es que no me deje llevar el coche por sus pinches pretextos, “ ni modo Arturo, así lo marca la normatividad y yo soy el primero que debe obedecerla ”, y ¿que la normatividad no dirá nada de andar usando los vehículos de hotel? pero ni de casualidad me procura una mejor plaza, este pinche viejo parece que me da el salario de su sueldo y todavía se llena el hocico diciendo “para eso te pago Arturo”. Lo único que me consuela es que así es de mierda con todo mundo. Ya nomás le dije lo de la viejita para comprobar una vez más que este no le haría un favor ni a su propia madre. Supongo que su madre es más ojete que él. Yo sabía que nunca le da el aventón a nadie “porque la normatividad no lo permite”. La normatividad es una alcahueta que le permitió comprar el vehículo casi nuevo, con su sueldo a plazos, como quien dice se los regaló.

—Yo te llamo— le dijo Escobedo con la intención de que se fuera.

—Si doctor, me marca al celular por favor.

—Si hombre, ya vete.

Marcelina se quedó viendo la enorme panza del doctor como si hubiera tenido que separar un kilo de lentejas revueltas en una tonelada de   frijoles negros. Su expresión la delató, a lo que Escobedo se adelantó a decir:

—Hoy casi no vas a batallar, ya sé que me tardo mucho en llegar, pero qué quieres. Soy de los que si duran.

Qué ganas de decirle que he tenido casos de impotencia y él, pero lo que más me molesta es que todavía quiera hacerse como que no se da cuenta de que ya no puede, y yo a huevo tengo que hacer como que es de los clientes de los que no sólo quieren desquitar lo que pagaron sino hasta recibir cambio, pero la chamba anda escasa y bueno, este no me falla, más ahora que ya le da pena meterse con sus empleadas porque se dan cuenta de que  no se le para.

—Usted es mi mejor cliente, mí consentido, sólo porque nosotras nos salamos si damos gratis, si no, le juro que no le cobraba, ¿porque cree que ya llevo tanto tiempo con usted?

   Desde que fui Presidente Municipal de Atlixco y te saqué de ese mugrero donde trabajabas.

   Si me acuerdo ¿Pero, por qué dice que hoy no voy a batallar?

   Porque estoy dispuesto a venirme en poco tiempo, aunque varias veces, te lo advierto.

   ¿Qué estamos festejando?

   Me tomé un cuartito de Viagra. Lo siento por el pendejo del Arturo que va a irse muy tarde a su casa.

   Oiga, pero ¿qué no hace daño a los enfermos del corazón?

   Si, pero yo no estoy enfermo del corazón y toda esta semana me estuve checando la presión, para poder tomarme la pastilla y he estado muy controlado, la traigo muy bien. 

    Ah bueno, pues entonces vamos comenzando.

Ella creyó que esa pastilla hiciera milagros, no era el único cliente que la tomaba.

—De todos modos, bájate por refrescos hija. Ya sabes que a mi me encanta, disfruto tanto cuando se me alarga y te llega hasta la campanilla…

A ella le cayó muy mal la petición, pero al menos se había ahorrado los trabajos preliminares por lo que cuando comenzó a succionar, Salvador comenzó a gritar:

—Sigue, sigue, putita, por eso te adoro.

Cuando Marcelina oprimía el pene de Escobedo como si fuera un chupón bebé, él decía:

— ¡Puta madre!, que buena es esta pinche pastilla, nunca la había tomado, pero es una maravilla. Hasta voy a dejar de beber mamacita.

No habían pasado ni tres minutos cuando Salvador comenzó a jadear cada vez más rápido, tratando de jalar aire, la piel se le erizó y sintió que se le nublaba la vista, que ya no podía ni hablar, solo pujaba:

—¡Aghh!, ¡Aghhh!, ¡Aghhh! …

 



Del libro: Cuentos de hadas para burócratas aburridos


 

 

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