VIAJES Y EQUIPAJES - Lola G. Casanova
Estoy sola en la cocina exprimiendo naranjas. Silencio. Ya empieza el verano, es temprano y hay luz. Recuerdo cómo me han criticado por darme el lujo de tomar jugo de naranja por las mañanas. Con lo caras que son aquí, me dicen. Pues sí, comparando el precio con el de México, son caras, pero se compensa con otras cosas que son más baratas y también consumimos aquí y allá. Y, después de todo, cada quien escoge sus propios vicios, les digo: unos gastan en cigarros, otros en alcohol, o en ropa o en fiestas, qué se yo, en lo que se les pega la gana; pues yo, en naranjas, me saben rico y me hacen bien. Además, digo para reforzar mi argumento, el exprimidor manual me ayuda para ejercer los músculos de los brazos: arriba, abajo, apretando con fuerza. Sonrío, cómo si me hiciera tanta falta además de cargar todos los días, y al mismo tiempo muchas veces, a mis dos hijitos desde hace más de tres años. Y eso es, me dijo alguien alguna vez, como una rutina de levantamiento de pesas en la que cada día se aumentan unos gramos.
Mientras preparo el desayuno, de prisa pues hay que subir a despertar a los niños y apurarlos a que se vistan para llevarlos a tiempo a la guardería, pienso en mi próximo viaje, ya programado, impostergable. Repaso mentalmente lo que llevaré conmigo y calculo cual será la mejor manera de empacarlo todo. Recuerdo también cómo llegué, mi atuendo, los primeros días en Londres, pasando de un hotel a otro cada vez más barato; con qué equipaje venía no recuerdo, solo aparecen dos maletas anaranjadas de hule, plástico o vinil, no lo sé, samsonite eso sí, regalo de bodas, pero he olvidado el contenido. (Solo sé que desde el hotel llamé a mamá para que me llevara al aeropuerto mis leones de peluche. Y lo hizo, pero mi cuñado me hizo burla: ya no vas a necesitarlos, y estupideces así. Me acobardé y renuncié a ellos. Siempre no los quiero, llévatelos de vuelta, dije.) Creo que la mayoría de las cosas que traje eran innecesarias o inapropiadas. Trato de recordar los días previos a mi partida. Tengo la sensación de que siempre me cuesta trabajo salir, ir a otro lado, preparar la huída. Porque esa vez también fue una especie de huída. ¿En qué momentos, entre tantos sucesos importantes, de esos que se llaman definitivos y se marcan como “inolvidables”, me habré puesto a empacar en ese entonces? ¿Me habrá ayudado alguien? Han pasado siete años casi.
Ahora tengo que prepararme para dos viajes; uno, que imagino largo, pero no sé qué tanto y otro, definitivo. En unos días más llegarán los empleados de la agencia que contraté para enviar en contenedores mis pertenencias al Puerto de Veracruz. Nuevas discusiones han ocupado nuestros pocos momentos juntos, acerca de qué es de quien, como si hubiera tanto. Las alfombras israelíes serían para mí, habíamos acordado. (Unos meses después, al abrir los contenedores en casa, descubrí que solo había llegado una.) Estaban los cuadros, el espejo (que tampoco llegó) y el baúl que compramos un día muy bueno en una subasta; cajas de libros y papeles, cartas, escritos, fotografías (que, misteriosamente irían apareciendo desperdigadas y como de casualidad a lo largo de varios años). Ropa nueva que les había comprado a los niños en Mothercare, con la idea de que tuvieran repuesto para uno o dos años, eran cortes de buena calidad y de materiales resistentes, a buen precio. Algunas ropa para mí también, no gran cosa. Recuerdo especialmente un pantalón de pana morado, que no volví a ver nunca. Una vajilla típica inglesa, con paisajes rojos de la que todavía conservo algunos platos y tazas, y otra de cerámica típica de Norwich, con relieves en blanco. Y, por supuesto, los juguetes, libros y animales de peluche de José Luis y Fernando (que descubrieron con gran alegría cuando varios meses después abrimos el contenedor en la casa de Cerrada de Pino).
Estoy exprimiendo las naranjas y no sé nada de eso todavía. Apenas temo lo que viene pero desconozco el zafarrancho de la despedida, la última noche, absurda, y el viaje en tren hasta Heathrow (o quizá Gatwick o Luton, lo he olvidado). Tengo que llevar lo mínimo a Lisboa, un par de maletas a lo sumo, y cada quien cargará su mochila, ellos con sus osos y sus cobijitas --sus nighnights--; algún librito. Yo solo lo indispensable, galletas, libros para colorear, y alguna que otra sorpresa para ir sacando durante el viaje y ayudar así a que estén tranquilos. Y las carriolas, por supuesto. Regalitos para los abuelos…Después faltará el viaje a México, pasando por Madrid. Será de pesadilla, pero eso aún no lo sé, ni lo imagino.
Me asaltan mil sentimientos encontrados: la añoranza por ver a mis padres, que vean a sus nietos, los disfruten, el deseo de entregarme a ellos, entregarles a los niños, que los cuiden, dejarme caer en sus brazos. La idea nublada de un fracaso que yo no quiero reconocer como tal pero que en alguna parte puedo percibir los posibles reproches que me acechan. Y, por el otro lado, la esperanza de fortalecerme, de empezar un ciclo nuevo, más tranquila, feliz, con promesas que me susurran al oído no sé qué voces. Y la nostalgia adelantada de dejar para siempre esta etapa, estos años de juventud que sé muy bien no volverán y que hoy, sintiéndome sumamente vieja a unos meses de cumplir 30 años, reviso y disfruto recordando algunos momentos, a pesar de los muchos muy difíciles, de los últimos meses sobre todo.
No quiero ver como fracaso nada de lo que he vivido. Ni lo que no salió como hubiera querido o imaginado. Prefiero sentir que es mi propia vida la que experimento cada día y que, si es verdad que a veces duele, que si no resulta como se esperaba, o como esperaban no sé quiénes, es la que tengo y no hay otra; esas experiencias son mías, solo mías. Prefiero atesorarlas y creer que es el hombre --la mujer en este caso--, es él --es decir, ella, yo-- y sus circunstancias, es decir, las mías.
La vida apenas empieza, y hay que vivirla intensamente, me había dicho alguien un día hacía un año apenas, en París. Y ahora pienso que quizá se me ha pasado la mano y que también a veces hay que bajarle un poco a la intensidad. Son días los de ahora de hacer maletas y de pensar con qué equipaje quiero cargar.
Lola G. Casanova











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