LEALTADES INVISIBLES - Aliria Morales

     La noche llega más temprano que ayer, como si estuviera extenuada, como si quisiera dormir y no saber nada acerca de lo que en realidad sucede, igual que yo, que siento miedo, mucho miedo.
    
     Mi recámara es ahora mi refugio y mi celda de oración, donde el suelo lo tengo más cerca que nunca. Veo el piso de cemento y las patas de la silla roja, esa que tanto me gusta; el lugar es obscuro, silencioso. Aquí no se pueden esconder las sombras, porque no hay cortinas, ni pared, sino sólo el cristal frío, en el cual se refleja mi cara triste en lo profundo de la almohada que me abraza.
Mis pies fríos; sólo el silencio cae como el polvo.

     “Nada bueno existe para el que tiene temor”,

Pero eso qué importa hoy; todos tenemos miedo; no sabemos nada del mañana y muy poco del inseguro presente.
    
     Allá a lo lejos, veo a mi sombra cómo se cubre los ojos para no ver nada, mientras permanece sentada en el quicio de la puerta, esperándome prudente, callada, para acompañarme  por el pan caliente de las mañanas, todos los días. ¿Pero quién tiene hambre ahora? Ella está asustada, siente que sin mí, se muere.

     Hace ya un año caminábamos todos los días por la mañana, felices. Mi sombra parecía crecer y crecer, esbelta, altiva y a veces siento que hasta incluso elegante, aunque ella siempre seria y cuando le contaba algo se reía;  mi sombra tenía una sonrisa linda, hermosa; parecía feliz.

    Esa que habla en voz baja y a veces al oído, es la nostalgia; sí, la nostalgia que no se resigna a morir. No es mi sombra.

     Mientras observo por la ventana a la gente que camina apresurada, como si se les acabara el tiempo, como si ya no hubiera más que esa última tarde. Y me deja muda y es cuando siento este encierro de mi alma empalada. Retiro, silencio, soledad, espacio único que nos ha tocado vivir y que acaba con la humanidad así, nada más, de la noche a la mañana.
    
     La muerte asola a Italia, España, Inglaterra, Estados Unidos, Argentina, México y todo el Mundo, pero en Ecuador se pueden ver las inertes siluetas en la calle, envueltas algunas en bolsas de plástico tal como basura, en plena calle. “El Hombre”. Como si fuera basura que dejó ahí alguien infamemente egoísta, indiferente.
Ciegos de sentimientos.
    
     Hoy no puedo dormir y recuerdo a mi madre; me sale del alma el “Virgen Santísima de Guadalupe”, que ella elevaba a los Cielos cual lamento sin tiempo, cuando sentía incertidumbre.
    
     Las noticias sólo hablan del asesino que burla la vida. Muertos y más muertos; más de cinco mil médicos fallecieron sólo en Italia y en New York, una cifra sideral que me angustió.
Pero no todo está muerto; lo sé. Dicen que Venecia está viva, que emerge vibrante en el silencio de estos días; sus aguas transparentes lucen fluorescentes peces y una oración asceta. Y muchos delfines, festejan el retorno de la vida allí, huyendo desde el Adriático.
    
     La existencia está latiendo a pesar de su Tierra cansada, golpeada, violentada por el Hombre.

     En mi jardín la primavera me obsequia una higuera.
De ti vengo, Madre Tierra y en ti creo, así como en tu piel de barro antiguo y en tus lágrimas de sangre, porque hoy puedo ser árbol, nido, nube, resonancia, eco en la noche que no culmina …

Comentarios

Entradas populares