MUJER DE LA CALLE - Patricia de los Ríos

4 de mayo del 2020.

Yo soy un animal urbano: una mujer de la calle.  Entiendo el amor que muchos tienen por el bucólico campo. Dejé la antropología por la sociología, pues no me interesaba dedicarme a estudiar esa realidad. Para mí, la tierra, los árboles y las plantas, que sin duda son hermosas, están en Chapultepec o las macetas de mi balcón. Yo lo que adoro son las ciudades.  Mis antepasados eran urbanos, aunque la Carolina en la provincia de Jaén y después Madrid, en España, y la ciudad de Santiago, en Chile, deben haber sido muy pequeñas cuando mis abuelos vivieron en ellas. Y qué decir de mi tierra, la ciudad de México que tenía seis millones de habitantes cuando yo nací y la vi y sufrí, convertirse en una horrenda y amada megalópolis, a lo largo de mi vida. Y, en el resto del mundo, mis lugares favoritos también son ciudades: Nueva York, Paris, Madrid, Barcelona, Chicago.
Mi marido solía decirme que me gustaba “la orgía perpetua”, no porque yo haya alguna vez participado en alguna, sino porque adoro hacer muchas cosas en un día y la mayoría de ellas aquí. Un paseo habitual de sábado era ir al Museo de Arte Moderno, ver si me decía la suerte un pajarito, cruzar por el Metro, comer en el Lardo en Avenida Mazatlán. Ir al cine y a cenar con una amiga. O bien, maratones de tres películas en la Cineteca. Otro recorrido habitual, era irme en el Metro hasta Pino Suarez, caminar a Palacio Nacional, previa visita al Museo de la Ciudad, e ir a una exposición en San Ildefonso, comer en el restaurant que está arriba de la librería Porrúa, regresar por Madero, ir al Museo del Estanquillo y hacer algo más como llegar al teatro en el bosque de Chapultepec o ir a un bar por la noche. O tal vez, ir por la mañana a la sala Nezahualcóyotl al concierto, comer en el Azul y Oro, ir al cine y luego a cenar en Cluny. Muchos de estos paseos los hacía con amigas o con mi madre cuando me la llevaba de pinta. También sola, solía deambular por la ciudad. De la Casa de España a la de Frida Kahlo, del Museo de Antropología a la Merced, de Álvaro Obregón a San Ángel, del MUAC al Salón Los Ángeles, del Chopo a la Merced.
            Esos vagabundeos podrían augurar que, a estas alturas del encierro, a mí ya me hubieran tenido que internar en el hospital, pero no por Covid, sino en el psiquiátrico. Y no ha sido así. Paradójicamente, otras actividades de mi vida a lo largo de estos años me prepararon bien, para este viaje hacia adentro, aunque no las hice con este fin. Me da risa que, de toda la lista de consejos de la Clínica Mayo para la salud mental, yo los hago casi todos excepto estar cerca de la naturaleza, aunque cuido mucho mis plantas y flores: tengo un proyecto de investigación en el que trabajo cotidianamente. Hace décadas que escribo un diario, mi amiga Cinzia me da clases de yoga, tres veces por semana, y aunque nunca he sido una gran deportista siempre he hecho Tai Chi o Yoga y como siempre quise ser rumbera, bailo salsa o cumbias en mi sala, varios días a la semana, así que cuido mi cuerpo. Me fascina armar rompecabezas. Siempre que estoy dudosa o preocupada armo uno, al principio son caóticos, como la vida misma, pero al final todas las piezas caen en su lugar. Ya llevo dos armados y tengo pendiente uno de 9000 piezas.
Hace veinte años que soy Mitra en el Centro Budista de la Ciudad de México. Medito con regularidad y nunca he dejado de estudiar budismo, no me considero una buena practicante, pero en este encierro los que sí lo son, han comenzado a dar clases en línea. Tomo dos cursos a la semana, que mucho me ayudan a estar centrada. Aunque no lo parezca, meditar sobre la muerte en estos días, como lo he hecho con mi maestro Kavindu, puede ser muy liberador o sobre el miedo con Saddajoti, es importante para enfrentar la situación. Afortunadamente, también hemos regresado a escribir en nuestros “lunes con Rosita”. Como, por video llamada, con mi amiga Rebeca y conversó por zoom con otras amigas, amén de asistir a un club literario. Además, leo, lavo, limpio y cocino. Esa vida social virtual hace que los domingos necesite absoluto silencio e incluso ayunar.
Por supuesto, mi tranquilidad tiene ver con mi condición privilegiada en el sentido de que estando de sabático no tengo que dar clases en línea, aunque si trabajo diariamente, pero también significa que tengo un sueldo, hasta ahora estoy sana y en un estado de serenidad e incluso contento pues gracias a las redes sociales –tan vilipendiadas hasta hace poco- y al bendito teléfono tengo lo más importante de todo que es el contacto con la gente que amo.

Comentarios

  1. Como siempre una gran narrativa, felicidades Pati

    ResponderBorrar
  2. Que entrañable cronica querida Paty. Gracias mil por ser tan generosa y transmitir sabiduria y tranquilidad.

    ResponderBorrar

Publicar un comentario

Entradas populares